El Inmortal
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No te muevas de aquí -dijo él-
La gente evitaba mirarlo, y nadie pronunciaba su nombre. Los niños lloraban y los perros ladraban a su paso. Las personas se negaban a trabajar para el. Los que lo hacían, huían.
Por fin anochecía. Había visto como se erguía el pabellón a lo lejos. Tres círculos concéntricos confinados con pilotes de madera y un amplio muelle zanjado por barandales de roble y frente a ellos un arco con dintel como acceso. Construyeron una terraza, y sobre ella una estructura cuadrangular con paredes de celosías hechas de carrizo.
Había allí espejos con marcos de metal bruñido e incrustaciones de ámbar y alfombras de un negro intenso de fieltro fino. De las vigas colgaron esferas chinas de papel blanco que brindaron una luz cálida, personal. Con expectación, el pueblo había seguido la obra que a la postre resultaría un sencillo edificio con una atmósfera íntima, más adecuada a la meditación que al negocio del espectáculo.
El cartel que se colocó en el pueblo anunciaba un mago extranjero de un nombre excento de vocales. Invitaba a todos, y aunque todavía faltaban semanas para la presentación, la gente ya hacía comentarios: algunos decían que no podía existir un nombre tan difícil, otros, que toda magia es un fraude. Alguien argumentó que no es posible distinguir la magia de la tecnología. Los santeros dijeron que la magia existe, pero no es un espectáculo; los comerciantes, que el espectáculo existe, pero nunca es gratis.
Finalmente, esa noche cruzamos la bahía a bordo de las lanchas. Yo partí entre los últimos. La noche era fresca y sin luna, y el pabellón se reflejaba en el mar con sus lámparas y sus barandales dorados. Nos abrasaba la expectación.
Al desembarcar rodeé el edificio. Al subir los escalones de la entrada, Grabadas en el dintel de ingreso se leían las palabras: Nihil est in senso quod non prius fuerit in intellecto. El viento cargado de salitre movía las lámparas y los pendones decorados con siluetas angelicales que colgaban de un baldaquino en el centro del salón. Me senté cerca de la entrada; apenas quedaba algún asiento, y comenzaba la función. Los pendones se recogieron y dejaron ver una vieja mesa de madera con incrustaciones de concha nácar. Sobre ella había una caja negra con puertas, una especie de cajón plegadizo del tipo usual en los actos de magia. La mesa giró, se cerraron las puertas, cayeron los pendones, y de pronto allí estaba el mago: un hombre maduro, de ojos rasgados; flexibles y cautos. Su aparición fue tan repentina que algunas señoras se persignaron; el mago no podía haber venido de ningún lugar.
Transformó un conejo en un tigre y un roble en un crisantemo. Amasó una esfera de aire que pronto fue agua y se desparramó a nuestros pies y se filtró por entre los tablones del piso. Nos hizo nacer mariposas en el pelo. Cerró las puertas de la estructura y cientos de hombres quisieron abrirlas desde dentro diciendo sortilegios en idiomas incomprensibles. Escribió nuestros nombres con bengalas azules, y los nombres permanecieron encendidos en el aire hasta que el viento los transformó en escarcha. Los actos se sucedían. Un cuervo envejeció ante nuestros ojos. Vimos todos los rostros de un voluntario, su infancia y su senectud, su hambre y sus celos. Para entonces ya sentía miedo.
Se había hecho tarde y el espectáculo parecía llegar a su fin. Se cerraron las puertas del pabellón y cayeron los pendones del baldaquino. Todo había terminado, sin embargo sentíamos que algo faltaba. Entonces reparamos en los espejos. Habíamos estado tan absortos en los actos de magia, que apenas nos habíamos fijado en ellos. Pero ahora era evidente que algo inusual ocurría. Escudriñamos su forma y sus marcos de ámbar; Los espejos no deformaban las imágenes ni los rostros; se reflejaban los hombres y mujeres, los niños y ancianos, las lámparas y la celosía. De pronto comprendí con espanto lo que ocurría: los espejos reflejaban a todos los objetos y a todas las personas, menos a mí. Vi el mismo espanto reflejarse en los rostros de todos los presentes. Cada uno de ellos me miraba en el espejo y miraba a los demás, pero no se veía a sí mismo. Hubo quien cerró los ojos, algunos rezaban. Otros bailaban y otros discutían. Para muchos fue la locura y la iniquidad.
Los habitantes quisieron olvidar. El mago había partido esa misma noche, nadie sabía por dónde. Quedó el pabellón siniestro erguido entre las olas, pero con el tiempo se fue derrumbando y al final solo subsistieron los pilotes concéntricos y el frontispicio. Cada familia encerró o mató a sus locos. Los viejos nos mandaron a la capital. Quisieron seguir pescando los mismos peces, pero se corrompían cada vez más pronto y hasta el agua perdió la sal.
Yo supe de estos hechos cuando volví al pueblo. Era un escéptico, y aunque creía que el verdadero acto de magia fue desaparecer el pueblo, un viejo rescoldo de miedo me hizo adentrarme en la verdad.
Traté de seguir la pista del mago. Recorrí la costa y descubrí muchos otros pueblos abandonados, y en las playas los consabidos pabellones en ruinas. Algunos ancianos decían que el mago apenas hacía unos días se había ido. Otros referían la historia como una antigua leyenda que los abuelos de sus abuelos habían inventado. Todo era incoherente. Comprendí que la búsqueda era de otra naturaleza.
Zardoz me llamó una tarde. Había venido de gira y quería cenar conmigo después del espectáculo. Lo busqué en el hotel. Fuimos a Le coq d´or, bebimos y charlamos. Era un hombre mayor de manos blancas y mentón suave. Daba una gran impresión de agilidad física y mental, y recalcaba cada frase con ademanes y rictus. Al borde del retiro, esbozaba un tratado que titularía Lo real en lo irreal. Conocedor de viejos trucos, creador de técnicas, estaba muy interesado en el problema de los espejos, y en los otros actos que años atrás yo le había narrado. Él suponía que, como en el cuento de Mario y el Mago, habíamos sufrido una hipnosis colectiva. Yo rechazaba esa hipótesis: mis pantalones se mojaron realmente con el agua de la esfera, semanas después del acto todavía volaban las mariposas por el pueblo, y el olor de las bengalas era tan vívido que ningún ilusionista podría haberlo inducido en nuestras mentes. No. La experiencia había sido real, cualquiera que fuera el significado de esto.
Zardoz tenía una gran imaginación que, canalizada mediante un riguroso dominio técnico, había creado trucos inolvidables, como el de las amapolas automáticas. Esa habilidad técnica lo había llevado a considerar el problema de la magia como un asunto estrictamente racional, regido por los principios fundamentales de la óptica y la mecánica. Para él, incluso el ámbito psicológico de la hipnosis se regía en esencia por principios fisiológicos. En un momento crucial de la discusión, Zardoz me dijo unas palabras cuyas últimas implicaciones quizás él mismo no alcanzara a comprender: "este oficio es una ciencia invertida: la ciencia formula conceptos a partir de los hechos observados, pero nosotros los magos suscitamos observaciones a partir de conceptos".
En los días siguientes consideré esas palabras desde muchos ángulos, hasta que una noche, mirando un manual de diseño de escenarios, recordé de pronto el pabellón de la bahía con su frontispicio. Nihil est in senso quod non prius fuerit in intellecto. Las palabras de Zardoz traducían el lema del mago. Recordé los espejos y sus marcos de ámbar. Recordé el pabellón reflejándose en las aguas. Comprendí que las palabras del frontispicio invertían aquel aforismo latino: Nihil est in intellecto quod non prius fuerit in senso. Pero el mago de nombre sin vocales no enunciaba, como Zardoz, los principios de la magia. Para aquel Mago Supremo la magia poco importaba. Había escrito nada; esto es, el mundo existe en el intelecto antes que en los sentidos. No nos veíamos en los espejos porque no existíamos.
Comenzó un segundo viaje que me inició en los misterios zoroástricos, que me enseñó los nombres de los astros y me mostró a los Amos de las plantas. Debí cambiar los Music Halls de Atlantic City por los monasterios de Birmania. Adquirí inmensos poderes. Narré de un modo metafórico el sentido de esas vivencias. La primera de esas historias se titulaba El Mago.
Con los años reinventé los principios fundamentales de la magia. Entendí plenamente aquella frase: Nihil est in senso quod non prius fuerit in intellecto. Pude recrear los actos del mago sin nombre pues sabía que el universo es una proyección del espíritu. Hice nacer mariposas y reconstruí los espejos. Ordené los planos de un nuevo pabellón y recorrí el mundo desapareciendo pueblos y contemplando desde la distancia aquellas mentes llanas.
Por fin llegué a un lejano pueblo junto al mar. Hice construir tres círculos de pilotes concéntricos, un muelle zanjado con barandales, un pabellón idéntico al que recordaba, con las palabras latinas grabadas en su frontispicio. Hice colgar esferas chinas de papel blanco que brindaron esa luz íntima, personal. Recibí al pueblo entero y ví su expectación. Comencé a hacer mis actos, y de pronto, al fondo del salón, cerca de la entrada, distinguí un joven que observaba los trucos que cuando finalizaban, tomaba nota de ellos. Observé los espejos. Me contemplé en ellos y contemplé el espanto de esos rostros que no se miraban a sí mismos. Y de pronto, mientras recogía los instrumentos de la mesa, pensé con horror: Ya no recuerdo mi nombre.