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Erase un hombre a un error pegado".
Podría ser un inicio categórico, contundente y al mismo tiempo clásico y retórico. Sería un incipit falso, sin duda. Aunque debo confesar que no se me ocurre otra manera de hacerlo. De todas formas, el rasgo que mejor lo definía, era la manera en que veía a su alrededor: tan sólo podía percibir faltas, desperfectos, errores, mal gusto, idiotez, defectos, cosas malhechas, torpeza, naquería, descuidos, necedad, fallas de toda índole, retraso, desidia...
Cuando empezaba a leer una novela, que rara vez terminaba, estaba atento a las faltas: bien podían ser de ortografía, de edición, de verosimilitud o de ritmo... Poco importaba. Me parece que encontrar un error le proporcionaba la coartada necesaria para no continuar leyendo y, sobre todo, le brindaba tema inagotable de conversación que siempre dirigía: en el futuro cuando en una plática sonara el nombre de tal autor, él se apresuraría a decir que había leído las primeras páginas de tal obra y que le había sido imposible proseguir puesto que había encontrado la expresión "una mujer viuda" y si el autor había cometido semejante desacierto, si no era capaz de prestar atención a las tautologías y no se sometía a una estricta economía de expresión, no tenía por qué perder su tiempo.
Casi no había comentario que saliera de sus labios que no fuera una evaluación negativa. Su mundo estaba claramente definido; había luz y sombra bien delimitada. Carecía de la capacidad del matiz. Sin embargo, y a excepción suya, no sé quién hubiera podido encontrarse del lado luminoso de manera permanente.
La capacidad de conversar no le había sido concedida, por supuesto. Para él lo importante era interrumpir a su interlocutor; demostrarle lo estúpido que era. Como norma en la vida, él debía estar por encima de todos y en primer lugar de quien tenía enfrente.
Amaba corregir en público: y no sólo a su interlocutor. No temía entrometerse en conversaciones ajenas: sin el menor tacto intervenía en público para "poner en su lugar" a los otros. "Poner en su lugar" era una fórmula que a menudo venía a sus labios. Y de allí se puede imaginar una de las aristas de su personalidad: amaba el orden y que todas las cosas estuvieran colocadas en un lugar determinado. Claro que ahora vengo a comprender que él debió de sentirse el gran "colocador" universal y que consideraba a la gente como objetos que debían ser ordenados. De la misma manera que tenía su colección de discos compactos en perfecto orden, bien clasificados e incluso minuciosamente catalogados, así asignaba lugares para las personas. Claro que los sitios que concedía hacían poco favor a la gente.
-No se dice adecúa, se dice adecua.-El verbo implementar no existe...
Su única manera de relacionarse con el mundo era a través de la agresión. Como norma general, causaba un malestar constante en la gente que le rodeaba. Y justamente ese desazón ajeno le producía un goce sin límites. Recordaba lo que le había dicho a tal o cual colega en el trabajo, el ridículo en el que lo había dejado. Tenía una memoria prodigiosa incluso para recordar los ya remotos días en que estuvo en la universidad y contaba anécdotas en que aparecía siempre riendo, siempre satisfecho, siempre disputándole a otra persona la razón sobre un punto, generalmente intrascendente.
Era sistemático e incluso resultaba monótono en sus críticas; más que bueno o malo, era simplemente su manera de ser: la única posible. Por lo demás, por supuesto que podía mostrar caridad a condición de que hubiera testigos que pudieran repetir posteriormente sus buenas acciones.
Esto es lo más cercano a lo que puede llamarse perfección que he conocido. Esta es la única felicidad completa, sin pero alguno; sin la amenaza del temor de perderla. Su risa, que aún resuena en mi mente, es la más franca, la más sonora, la más constante que haya escuchado...
No sé por qué me he colocado desde el inicio en el error. Al tratar de denunciar, muy a posteriori, este caso tan definido, tan claro de arrogancia, de narcisismo, de un ser tan pagado de sí mismo, he iniciado con un incipit en falso. Al hablar de él, sintomáticamente me coloco en una posición que él criticaría fácilmente.
Al pretender denunciarlo, abro con un error, con una culpa. ¿Escribo para ponerme en la mira de la crítica, en el fuego? ¿Escribo para ir por el lado oscuro de la calle, por la banqueta que no está barrida; la acera de la falta, por el lado peligroso? ¿A dónde puede encaminarse una escritura de tal naturaleza?
Denunciarlo, a fin de cuentas, ha terminado por exhibirme.