El Afanador
El elevador se detuvo de súbito.
Gritos y empujones hicieron presencia, y el olor a miedo saturaba ambiente.
Voces arrojadas hablaban de un plan de escape, otras más conservadoras llamaban
a guardar la calma. Alguna dejó de escucharse desde el principio.
Un día después, la única voz que
esperaban oír era alguna del exterior. Los intentos por escapar habían cobrado
dos vidas, y la inerte pasividad de los que se quedaron se llevó a los que
cayeron desde el comienzo.
Las corbatas de seda y los
portafolios de cuero sirvieron lo mismo que la mochila y el rebozo; el
organigrama se volvió invisible, y la oscuridad era cómplice del miedo. Una voz
que no se había escuchado susurró que para sobrevivir, tenían que hacerse
menos. El silencio ayudó a que esta sentencia retumbara en el poco aire
restante. Así empezó la atroz matanza que le sucedió.
Por la mañana, regresó la luz y las
puertas se abrieron. Salió un hombre bajo e insignificante. Nadie supo su
nombre, ni conocía su voz y por lo visto nadie adentro se percató de su
presencia, ni del palo de escoba con el que había apuñalado a los doce
burócratas que siempre lo habían ignorado cuando trapeaba los pasillos y
limpiaba sus escritorios. También confiaron demasiado en el letrero que indicaba que el
cupo máximo eran doce pasajeros.

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