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Monday, February 08, 2010

México 2010




No hay nada que asuste más a los poderes que la calle. (mijail Batjin: La cultura popular en la edad media y el renacimiento)










El poder le tiene miedo a lo que pueda suceder en el espacio público. La cultura popular es la cultura de la plaza y los poderes tienen ante ello, algo de impotentes, pues todo poder es agorafóbico; donde las cosas suceden.


Es la calle también donde se manifiesta la gente; donde también uno puede reclamar y ejercer su derecho pensar en voz alta, reunirse con otros, perderse o encontrarse; donde las cosas se juntan.



La cuestión es que por definición, la calle es un lugar visible, por tanto público. No puede ocultar los conflictos, pues se nutre de lo mismo que la altera.


Este escrito no es una apología a la delincuencia ni de la pobreza, así como la pobreza y la delincuencia no son producto de que las calles sean públicas, si no de factores estructurales que son por definición injustos.El gobierno contiene estos problemas congénitos a lo público con vigilancia privada, toque de queda, cerrar calles, más patrullas, más policías, el ejercito.


Tampoco se puede evitar la injusticia. Pueden cambiarla de sitio, esconderla pero la calle es lo que es, porque es reflectante: es un escenario por naturaleza, lo que hay se escenifíca. Es un teatro.


También se debe desconfiar de un poder que legisla únicamente en función de la calle pero no en relación de otras cosas. El poder sin duda debe legislar, ser más severo, más duro, pero depende más duro con quien.


En México por ejemplo, los poderes deberían legislar sobre la vivienda; ahí se pueden aceptar formas radicales y despóticas de gobierno con tal de que los jóvenes y/o los que tienen dificultades tengan acceso a una casa digna. Pero esas legislaciones no existen, lo que existe es una legislación para lo que rodea a esas viviendas que no serán jamás de los que más lo necesitan.


Se actua con frecuencia de manera enérgica y vehemente sobre aquellos aspectos que son acompañamientos de iniciativas inmobiliarias o de infraestructura que deben ver garantizado el entorno. Si yo construyo edificios, hago promoción inmobiliaria y tengo que garantizarme que el entorno quede bien vigilado. A mi no, sino a esos desgraciados que pueden afear mi proyecto.


También debemos entender que el poder no es neutral, pues los estados no sirven y nunca han servido a toda la sociedad; Los estados sirven a grupos hegemónicos y no hay que ser marxista para verlo. Los discursos de espacio público, sustentabilidad, movilidad sirven como nuevas estrategías discursivas para hacernos creer que el estado es neutral, porque quieren convencernos de que el espacio público es de todos, que somos ciudadanos y que tenemos idéntico acceso a el. No es verdad. Ni las mujeres, ni los jóvenes, ni los pobres, ni los discapacitados, ni los feos en contextos cada vez más diseñados, tienen acceso porque su aspecto no es amable ni adecuado. Lo que hay son estrategias de mediación para convencernos de que el estado representa a todos y no solo aquellos sectores que en el seno de la sociedad ocupan los lugares privilegiados.


Los programas de rescate de espacios públicos corren el riesgo de perderse en el camino y convertirse en una estrategia de marketing estatal. Como siempre defienden su posición de acuerdo a supersticiones que la realidad desmiente constantemente.


El Gobierno perdió cualquier tipo de perspectiva de transformación social en nombre de la ciudadanía, que es en teoría la más cardinal de las virtudes. El objetivo ya no es crear una sociedad justa, ni abatir la pobreza, sino perseguir a los pobres.


Lo hace a través de categorías abstractas, de valores presuntamente universales; El mundo es injusto y el objetivo es crear seres tolerantes, amables y receptivos a esa realidad; no justos.


Hoy por hoy todo es como vender un producto. El de moda es la seguridad, como lo puede ser la cultura o el progreso. La gran pregunta es cuanto vale el metro cuadrado después de levantar esos grandes equipamientos urbanos, cuarteles militares, estaciones de policía, campos de entrenamiento, cuarteles generales, centros de operación y vigilancia, museos, universidades, hospitales privados, plazas, centros comerciales. Puede parecer tremendamente prosaico, pero estamos hablando de que este tipo de operaciones está pensada para elevar el tono moral del territorio con transformaciones traumáticas que tendrán como víctimas a los de siempre; me recuerda a los conquistadores españoles que iban con la cruz por delante: Hoy las grandes colonizaciones del espacio llevan a la seguridad por delante; no es estar en contra de la planificación, sino de eso a lo que llaman planificación.


No me parece mal que alguien tenga una idea global de lo que debe ser una ciudad que sea capaz de ordenarse de manera que beneficie a la mayoría. Pero una cosa es ordenar la ciudad, y otra es ordenar lo urbano.


La ciudad es un cuerpo, infraestructura, servicios y espacio libre que deben ser mantenidos; la administración tiene la obligación de mantener la ciudad en buen estado. Lo urbano es otra cosa.


El problema es que se quiere planificar lo urbano, no la ciudad. Administrar lo urbano es ejercer el control. Y hoy se controla todo menos lo que hay que controlar: Se convierte en poco menos que un mero instrumento policial e ideológico, con función de garantizar la ley y el orden. Una prótesis ortopédica diseñada para moldear a los habitantes y lograr la forma y efectos deseados.


La planificación urbana como pretexto para estás grandes intervenciones no es en sí el problema; Se trata del uso falaz respecto a las necesidades de cierto espacio o lugar; de la implantación unilateral de como hacer ciudad sin la molestía del concenso. Existe un temor a no verse, a no crear un evento visible en el corto plazo; los proyectos de largo plazo, esos que implican una sensibilización paulatína, los que se adaptan y transforman de acuerdo al uso y el tiempo de sus habitantes, no son exitosos en esta visión acotada y mediática del nuevo poder y sus parámetros televisivos y/o gráficos.



Los defensores del modelo refundacional / megalómano prometen un nuevo comienzo, grandes fuentes de trabajo y riqueza; pero la cultura no se implanta, se genera.


Un ambiente diseñado y ascético, en donde los presuntos delincuentes, los parias, los indeseables, los pobres y los inconformes son removidos y expulsados de ese nuevo orden no es suficiente, por más que se necesite un golpe mediático, un logro instantáneo aunque sea artificial.

Este planteamiento es extremadamente frágil y al mismo tiempo totalitario: implica la supresión de cualquier otra manera de hacer ciudad.


Hay ciudades del mundo que llevan mucho tiempo diseñando su propia imagen; pero si algo podemos aprender de ellas es que no se puede vivir en un parque temático. En este nuevo orden de las cosas, no falta mucho para que sea ilegal acampar en la calle, sea un delito pedir limosna o se tenga que pagar por un lugar para caminar o sentarse. Todo sea por lograr esa ciudad segura, diseñada, perfecta; un objeto autista cuyo único fin sea la contemplación y en donde los habitantes para entonces, sean lo de menos.

2 Comments:

Anonymous sandino said...

buena nota, supongo que te refieres en específico a ciudad juárez?

11:48 PM

 
Blogger Softroom said...

Efectivamente, Juárez fue el detonador de la nota, supongo sabrás que se hará un gasto sin precedentes en equipamiento, espacios públicos, infrestructura, vivienda y seguridad. México está entrando de lleno a la globalización y lo hará por la puerta grande. Esperemos que al menos los resultados estén garantizados, que me preocuparía después del dineral que se va invertir. Uno no sabe cuanto cuesta estar seguro en estos tiempos... Gracias por el garabato sandino.

1:33 PM

 

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