El Inmortal
Desperté entre un montón de
esqueletos después de que un grupo de hombres matara a los habitantes del
pueblo a un costado del templo. Recordaba lejanamente sentir el filo del
cuchillo penetrando mi carne o el abrasivo calor de las balas penetrando mi
cuerpo, pero no había ninguna marca.
El hambre me torturaba. Caminé hasta toparme con una ciudad monstruosa
que se veía a kilómetros de distancia. Cuando me acerqué, vi que se extendía
infinitamente y se apilaba de igual manera. Su gente sufría, mendigaba y moría.
Me perdí entre sus interminables avenidas, calles y puentes hasta que la gente
desapareció.
Un cristalino elevador me subió a la
torre más alta, cuyo pico no podía verse desde abajo. Desde un gigantesco
ventanal vi regresar el verdor agreste de las plantas y escuché el sonido del
agua filtrándose entre las innumerables grietas y edificios en una lluvia que
no cesaba. Una máquina me llamó su creador. Instalado en la solitaria torre
como regente de un país que había perdido su nombre, alcancé a ver naves tan
grandes como los edificios de la ciudad abandonada. Sus tripulantes aborrecían
tanto la ciudad como veneraban la tierra. La cultivaron, y derribaron las
tenebrosas ciudades de los hombres.
Caminé esta vez hacia afuera.
Extensos campos me cerraban el paso, y el agua abría nuevos caminos. Montañas
que no existían convivían con lenguajes que no comprendía. En un árbol grande
que daba un fruto extraño, un animal mordisqueó alguno y cayó. Me senté al pie
de su generosa sombra, y por fin pude saciar mi hambre.

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