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Friday, August 17, 2012

El Inmortal



Desperté entre un montón de esqueletos después de que un grupo de hombres matara a los habitantes del pueblo a un costado del templo. Recordaba lejanamente sentir el filo del cuchillo penetrando mi carne o el abrasivo calor de las balas penetrando mi cuerpo, pero no había ninguna marca.

El hambre me torturaba. Caminé hasta toparme con una ciudad monstruosa que se veía a kilómetros de distancia. Cuando me acerqué, vi que se extendía infinitamente y se apilaba de igual manera. Su gente sufría, mendigaba y moría. Me perdí entre sus interminables avenidas, calles y puentes hasta que la gente desapareció.

Un cristalino elevador me subió a la torre más alta, cuyo pico no podía verse desde abajo. Desde un gigantesco ventanal vi regresar el verdor agreste de las plantas y escuché el sonido del agua filtrándose entre las innumerables grietas y edificios en una lluvia que no cesaba. Una máquina me llamó su creador. Instalado en la solitaria torre como regente de un país que había perdido su nombre, alcancé a ver naves tan grandes como los edificios de la ciudad abandonada. Sus tripulantes aborrecían tanto la ciudad como veneraban la tierra. La cultivaron, y derribaron las tenebrosas ciudades de los hombres.  

Caminé esta vez hacia afuera. Extensos campos me cerraban el paso, y el agua abría nuevos caminos. Montañas que no existían convivían con lenguajes que no comprendía. En un árbol grande que daba un fruto extraño, un animal mordisqueó alguno y cayó. Me senté al pie de su generosa sombra, y por fin pude saciar mi hambre.

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