Mario
Mario era mayor cuando lo conocí. Lo acentuaba el hecho de que era gordo, aunque yo diría más bien robusto. Tenía bigote y su vitalidad era increíble para su edad. Tendría sus 43 años.
Terminaban los ochentas y comenzaban los depresivos noventas. Fué una época bella, aunque suene ridículo, pero espero entiendan que fue la mía. Más de uno de ustedes se sentirá nostálgico al escuchar nombres como Michael Knight (el que conducía el auto increíble) Mario Barakus (el que conducía el camión de los magnificos), o Sonny Crokett (el que conducía el Ferrari de Miami Vice). No sabía porque me interesaba el hecho de que conducieran sus autos, Pero pareciera que el hecho de conducir, les diera el control, y supongo que control implica voluntad. Leí en alguna revista, de esas que dejan los peluqueros en la mesilla para hacer menos tediosa la espera que como es tu voluntad, son tus actos, y como son tus actos, es tu destino. Después me enteré que se trataba de un verso de los veddas, esos libros antiguos de la India. Esta particular percepción de mi parte respecto al control y la voluntad eran tal vez la voz del inconciente colectivo que presentía aquello de lo que precisamente careceríamos toda nuestra vida: de control y voluntad propia. Pero habían excepciones: Mi cuate Marío.
Mi curiosidad, y la inercia de mi propia ambición me llevo a lugares y a descubrir cosas que nunca imaginé. Como Pancho López el de la canción, viví rápido. Recuerdo haber recorrido grandes praderas, de un verde titilante e intenso. Cuando caminas, el paisaje se vuelve algo abstracto, que se deforma por la velocidad. Parecía que el mundo entero estaba diseñado para el. Era una sensación adictiva, porque siempre había que ir rápido. Todo era importante y el tiempo se volvía vital, cada segundo, necesario. Esa actitud me gustaba. Un amigo de tiempo completo, del cuál podía hablar con los otros niños. Decirles a donde habíamos llegado, donde habíamos estado, lo que habiamos hecho juntos, era como una afirmación de mi existencia.
Cuando se es niño, uno es muy atento en todo lo que le rodea, pero cuando tu mundo se convierte en alguien, te enfocas tanto que el mundo entero desaparece y es sustituido por aquél en el que eres felíz. Había una clase de magia curiosa en mi relación, como de maestro-alumno.
Marío es admirable por vivir en una época en la que todo mundo medio come, medio trabaja, medio duerme y sólo espera el momento del día para eludirse. El se enfrentaba todos los días a su destino. Esa era su vida, luchar por todo. Y lo asumía como una tarea importante. A diferencia de toda la gente que conozco, su vida tenía un propósito. Después de un tiempo, ya con mucha confianza, descubrimos juntos los beneficios y perjuicios de consumir estimulantes. A veces, el efecto era que se hacía más fuerte, otras veces se ponía hiperquinético. Pasaba rápido, pero no todo era pasajero, había una excepción: un hongo azuloso que se sacaba de no se donde, y por lo que sé, dificilísimo de encontrar. Pocas veces lo hicimos. Era difícil hallarlos. A diferencia de todo lo demás que se metía, este no tenía un efecto inmediato aparente, de hecho, te quedabas igual, y nada cambiaba por lo menos físicamente. Si te lo comieras, nadie lo notaría. Pero cuando te metías uno de esos, su efecto verdadero era perderle el miedo a morir. Se abría ante mis ojos y los de el, la posibilidad de la posibilidad. Lo que San Agustin llamaba esperanza. Me podía equivocar, y sabía que no importaba, era inmortal. También todo era más lento, más tranquilo, la adrenalina dejaba de correr por mi cuerpo...Los hongos tienen esos efectos: Te despersonalizan, te hacen viajar sin moverte, ver desde fuera, y muchas veces es lo único que necesitas para corregir algo porque te ves a ti mismo con respecto a los demás, como una referencia, y así, no te pierdes. O bien, esa visión externa de ti mismo, esa condición voyeur de tu propia vida, te puede hacer perderte en la posibilidad de lo que nunca será, en la ilusión de lo que deseas.
Pero esta sensación era más que eso. Tenía un significado profundo, implícito. Era la vida misma que se manifestaba, y te gritaba que, a pesar de que sabemos que terminará apenas llegue la muerte, te le puedes escapar. Ni la muerte es infalible. Te puede pasar como esos moribundos que ven la luz al final del túnel y regresan. No te toca. Y esa sensación de regreso, de tener otra oportunidad, te permite ver lo que tienes, aunque eso pueda terminar fácilmente. Y de repente, cambias.
La muerte es oportunista, furtiva, y a la vida nunca la aprecias tanto como cuando estás a punto de perderla. La muerte sólo espera un descuido, la vida una oportunidad.
Como pueden ver, el lenguaje de Marío era muy simbólico, metafórico, como el de los grandes filósofos orientales como Confucio o Lao-Tse. Había que interpretarlo. No era difícil porque finalmente su propio diseño, era así, coherente con lo que predicaba, diseñado para un público específico. Todo un ejercicio coherente de modernidad. Y lo expresaba con pre-meditación para darle más contundencia a sus argumentos, como si tuviera un asesor de imagen. Sabía que esa impresión que nos daba cuando lo veíamos, no la olvidaríamos jamás, y así se aseguraba el triunfo sobre nuestras conciencias. Tenía un buen empaque, y un gran producto y un mejor argumento. Tenía ese dejo infantil, que lo hace accesible, tan explícito como un cuadro dadaísta. Lo entendía todo el mundo que le pusiera un poco de atención en esos detalles. Era filosofía de vida pura, y el, un gúru moderno.
Siempre será mejor estar aferrado a algo. Su principal regalo fue, darme un modo de vivir. Al principio tenía mis dudas, tengo que admitirlo, y me llegue a cuestionar si realmente vivir así, con pequeñas metas, a corto plazo, como parte de un todo, sea vivir. De hecho en este preciso instante, me parece la única manera, porque planear a largo plazo, me resulta estúpido cuando no se tienen certezas de nada y porque el futuro casi se me estrella en la cara; y quizá si hubiera vivido como el desde el principio, tan metódico, tan apasionado, siempre intenso, hubiera podido cumplir mis metas y objetivos desde hace mucho. Pero a mí, como desafortunadamente a muchos otros, se nos fue la vida y nos cayó la noche haciendo planes de lo que queríamos hacer de nosotros mismos, sin saber siquiera para que y lo que eso significaba. Somos los hijos rebeldes del sinsentido. Con Mario, aprendí el valor de la devoción, el significado del ritual, los beneficios de la disciplina.
Pero como en toda historia, también el tenía a su némesis. Tu enemigo, siempre lo quiere todo, y te ataca en donde más te duele. En este caso, era la vieja del Mario, a la cuál siempre le aplicaba la de hacerla suya llevándosela a su casa. De esto me di cuenta un poco más grande, y evite decirselo aunque todos lo sabíamos. Creo que fue la primera vez que sentí un poco de pena por el.
Fuera de eso puedo decir que de el aprendí que la vida es bella, que el amor si existe, que el físico no importa, que el bigote rifa, que saltas más si agarras vuelo, que no hay enemigo pequeño, que más es mejor, que al mal tiempo buena cara, pero sobre todo, a no regresar jamás. Que la vida es una serie de obstáculos que hay que sortear, y que la muerte te sabe en la medida de lo que hagas por seguir tu camino. Y la vida, asimismo, te sabe más cuando te mueres habiendo hecho todo. Y con Mario podías morir muchas veces. ¿Con cuantos amigos puedes hacer eso?
Hoy, después de mucho tiempo, nos volvimos a ver. No puede contener la emoción; al principio de nuestro encuentro, hubo un silencio solemne. Después, lágrimas en mis ojos. Sabía lo que vendría después, porque desde el primer momento, no lo vi igual que antes. Se había desmejorado. Lo observe un buen rato y a detalle. Una vez que terminé, me di cuenta que ya no tenía nada que enseñarme. El también se mantuvo inmóvil y callado. Como esperando un veredicto. Me di cuenta que estaba diseñado para ser básico y directo, minimal. Personificaba lo necesario: El era concepto puro. Un primer trazo como el del artista, que a pesar de su carencia de detalle, tiene la vitalidad que le otorga la luz de la idea, de una primera idea. Dicen que lo importante de todo, está en lo básico. Desgraciadamente, me encuentro a la mitad de ese ciclo en el cuál sabemos que algún día convergerán los dos extremos en los que se encuentran las ideas sencillas. Y siempre son al principio y al final. Me encuentro justo en el punto en el cuál, conozco perfectamente la razón por la que vine a este mundo, vivo aquí, y ya explore la mayoría de las posibilidades, y se que si, efectivamente el amor, la amistad, la fidelidad, la constancia, la perseverancia y todos esos valores que generalmente se nos presentan en una sola palabra, porque no necesitan de ningún adjetivo para explicar su verdad absoluta, casi dogmática, son las ideas puras, parafraseando a platón, y finalmente las virtudes a las que debemos aspirar, parafraseando a Aristóteles. Y en este lenguaje sencillo, se expresaba aquél Mario que conocí. Poseía la brutal y contundente fuerza del mensaje silencioso, y la potente gráfica de lo sencillo. Pero a estás alturas, ya me cansé del ascetismo de lo correcto, de lo aburrido de lo sencillo, de los ideales y de lo que debe ser. Por eso lloré tanto: Y fue entonces cuando ese Mario filósofo, se desvaneció ante mis ojos, como si hubiera estado esperando todo es tiempo a que lo volviera a ver para morir frente a mí, como final de epopeya trágica. No lo podía creer. Quizá en el fondo sabía que llegaría este momento, que cambiaría mi percepción de el, y era demasiado orgulloso para soportarlo. Ante lo inevitable, prefirió el camino de la dignidad como mortaja, se vistió de ella y hasta en el final, intento ser algo importante, grandioso, magnánimo, y me regalo su muerte, por que sabía que me regalaba al mismo tiempo, su inmortalidad. El viviría en mí, y siempre que hablara de el, sería en sus términos.
Como toda perdida, me entristece saber que jamás volveré a verlo, por lo menos no tal y como lo recuerdo. Se ha ido para siempre. La muerte es así. No se puede discutir con ella. Pocas personas podrían entender una perdida tan profunda, porque tendrían que vivir y entender está época para saber que es precisamente ahora, cuando nuestros valores han sido corrompidos y la generación que nació en la opulencia tiene el control, el sentimiento que implica, y lo importante que fue para muchos que lo conocimos. El a diferencia de los ídolos de nuestro padres, que tenían que escribir sus enseñanzas, las hacía para que tu las vieras.
Muchos como yo, aprendimos de gente como el lo que nuestros mayores no tuvieron tiempo de decirnos, así que su existencia cumplía la de una trabajadora social, la de un maestro, la de una familia, la de un guía espiritual. Formo conciencias, hizo personas. Ya no hay mucho de eso en está época. En el, la muerte no es más que el dulce y feliz término de una vida plena, la joya que le dará su brillo inmortal por siempre. De hecho, sin morir, no hubiera estado terminado el trabajo. La muerte nunca como ahora, tuvo importancia: paradójicamente es un último recurso del ser, como Cobain, Selena o Kennedy. Y ahora que está muerto, lo extraño. Por otro lado, me duele no porque no lo pueda recordar, sino porque jamás será el mismo Mario con el que yo pase esos años. Murió su esencia, lo que lo hacía tan grande, y esa es una muerte atroz, aunque tu muerte física haya sido espectacular, llena de luz y color. Porque de todas las muertes, es la más profunda, te despersonaliza, te hace un fantasma y lo peor de todo, es que lo hace al final, cuando no puedes hacer nada para evitarlo. Sustituye tu idea grandiosa por la suya decadente, te hace pensar aún después de muerto, así que es una muerte recurrente, como la de Judás en el noveno círculo de dante, tragado una y otra vez por Lucífer.
Pobre Mario: se está perfeccionando, complicando. Se está haciendo más real después de cada muerte. Y en ello, muere cada vez más. Y aunque tengo ganas de un amigo más sofísticado, ya no podría ser el. Porque el es, su propia idea. A Marío ya no lo podría ver con la superficialidad con la que se ve algo bonito, con el brillo de la alta resolución, o el glamour de la realidad virtual.
Hoy, me compré un playstation.
2 Comments:
¿Quién es Mario? ¿Mario Bezares? Muy chido el texto, algo largo (por eso yo luego los hago por entregas), y extrañamente me recordó el texto de Apolodoro de Tiana (chale, ya no me acuerdo si era Apolodoro..., pero sí era de Tiana), sobre cierto gurú de la antigüedad que dejó marcados a muchos, una especie de Cristo pagano.
4:10 PM
Gracias por la visita. Se trata de Mario Bros, el clásico que venía en la consola de 8 bits. Creo que mi intención de esconder al personaje detrás de las metáforas efectivamente me lleva a un texto largo (espero no sozo) el cuál me sirve de pretexto para plantear disertaciones que me parecieron interesantes y en algunas como el pasaje del hongo, hasta literales si se supiera desde el principio de quien se habla. Sobre la versión, se trata de la "extended". No pude editarlo más, pero siempre termina por disgustarte algún pasaje. Saludos
5:04 PM
Post a Comment
<< Home